El último plato de espaguetis como jugadora de hockey

Foto: Álex Liañez

Fuente: diaridegirona.cat.- Quería seguir punto por punto todos sus rituales, disfrutar por última vez de lo que ha repetido, a conciencia, durante los últimos 16 años, cada fin de semana, cada día de partido. Sábado no era un día cualquiera. Era el último. Laia Vives, una de las mejores porteras de hockey del mundo se retira, con 30 años, y un palmarés que no admite discusiones: cinco Copas de Europa (2008, 2011, 2013, 2016 y 2017), cinco Ligas, 6 Copas de la Reina, cinco campeonatos de España y Ligas Catalanas, con el Voltregà, su club de toda la vida, y además un Mundial y un Campeonato de Europa con la selección española.

La mañana comenzó en Girona. «Aunque no tenía el chip del partido», explicaba ayer. Pero a partir de la hora de comer ya tomó conciencia de que aquello iba en serio. Comió en su casa, en Santa Coloma de Farners, con los padres y sus hermanos, Oriol y Pol, que, como ella, también juegan a hockey, uno en el Breganze italiano y el otro en Palafrugell. El menú, el habitual los días de partido: «Mi buen plato de espaguetis», explica, consciente de que tenía que coger fuerzas para lo que se le venía encima. Siesta, paseo con la perra, y el coche, sola, como ha hecho siempre, camino de San Hipólit. Allí derramó las primeras lágrimas de la jornada.

El último partido de la OK Liga de esta temporada era intrascendente para el Voltregà, que había perdido el título semanas atrás en beneficio del Gijón. Pero para el rival, el Sferic Terrassa, el duelo era vital para evitar el descenso, lo que lograron. Las locales perdieron 1-2, pero Vives no dejó que eso le empañara su despedida. «Hubo una diferencia de intensidad muy grande, el Sferic necesitaba la victoria y jugó muy bien para conseguirla», explica. Eso sí, ni el día que ha ganado alguna de sus cinco Copas de Europa «había sido tan nerviosa como el sábado», consciente de que agotaba los últimos minutos de una carrera deportiva en la élite, aunque nunca recompensada con ingresos económicos. Vives ha combinado siempre el deporte con los estudios, primero, y el trabajo, de maestra, La Salle de Santa Coloma.

Salió en el equipo titular. Jugó toda la primera parte y diez minutos de la segunda. En ese momento el juego se detuvo. El Voltregà hacía un cambio. Raquel Sierra sustituía Laia Vives y allí se ponía punto y final, definitivamente, a una etapa que había empezado a los 8 o 9 años al Farners y que había explotado a San Hipólito. «Aquel fue el momento en que me derrumbé, fue muy emocionante. Saludé desde el medio de la pista y tuve claro que había terminado. Cuando llegué en el banquillo me puse a llorar», destaca la jugadora Selva. Al final del partido fue la hora de las fotografías de recuerdo. De los abrazos. Y las despedidas. En la grada no faltaron sus padres, sus hermanos, la pareja y muchos amigos.

Vives, más tranquila, confesaba ayer que lo había disfrutado «mucho». No había querido hacer ninguna película previa. Que fuera como debiera ser. Por la noche tuvo cena con el equipo y de otros amigos. Ayer todavía viajó a San Hipólito para hacer un último entrenamiento, para cerrar la temporada, en forma de partidillo entre las compañeras. Aunque habrá que ir de nuevo, el 10 de junio, para recibir un homenaje del club. De momento dice que se siente «rara, en una nube». Ve el verano cerca. Será a partir de septiembre cuando tendrá que saber vivir sin el hockey: ya no tendrá que ir a toda prisa tres días a la semana a entrenar a San Hipólit cuando salga de clase.

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